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¿Cómo aprendes a cambiar? Una lección desde el dolor

Jhonatan Serna
May 15, 2024
4 min read
¿Cómo aprendes a cambiar? Una lección desde el dolor

Esta es una historia un poco abstracta, sobre cómo el duelo y la identidad han marcado mi vida a lo largo de los años. No entro en detalles, pero dime si quieres que la desarrolle más.

Hay un patrón que noté en mí mismo relativamente tarde. Lo suficientemente tarde como para que ya hubiera causado daño.

No quiero dramatizar, pero crecer en Colombia significaba que la pérdida era estructural. La gente moría. Familias desplazadas. Parientes que desaparecían de un capítulo al siguiente sin cierres limpios (los míos no, afortunadamente). Eso no se procesa en la infancia. Se absorbe como gramática. Un conjunto de reglas sobre cómo funciona la cercanía, lo que cuesta, y en qué suele convertirse. Sin darme cuenta, cargué esa gramática en cada relación que importó. No solo reproduje las pérdidas específicas, sino su forma.

Colombia era particular. El colectivo era la unidad. La familia, el barrio, la pertenencia extendida. Para mí eso también significó el movimiento scout, años de él, una comunidad estructurada con valores explícitos, roles, el servicio como identidad. Sabías quién eras en parte porque sabías dónde estabas en relación con los demás. Identidad sostenida en común antes de ser sostenida individualmente. En ese momento no tenía el vocabulario para nombrarlo. Pero eso era lo que pasaba: una etapa del desarrollo donde el colectivo hace el sostén, antes de que comience el trabajo más difícil de la individuación.[1]

Cuando me mudé a Europa, el contenedor se rompió. No es una queja. Necesitaba romperse. Primero en Alemania, luego en Suecia. La cultura sueca opera sobre una premisa fuerte de autonomía individual. Tú eres responsable de ti mismo. Los demás son responsables de sí mismos. Hay dignidad en eso, y también una especie de soledad que no se anuncia. La primera separación real. El sentido de pertenencia se sentía distinto porque era electivo. Llegamos a tener un canal de Slack llamado 'holdmyhair', una referencia a sostenerle el pelo a alguien cuando está enfermo. Cuando necesitas una mano y no puedes devolver el favor. Así se veía el aparecer para el otro. Sin el andamiaje de instituciones ni obligaciones familiares. Solo la decisión de estar. Esa era mi nueva identidad colectiva. K9 Coliving en Estocolmo lo hizo posible.

Lo que no veía con suficiente claridad entonces era que la plantilla de la pérdida seguía corriendo por debajo. La gramática de Colombia, de experiencias tempranas con personas y lugares que terminaron sin resolución. Un apego que ya anticipaba su propio fracaso. Recreé esas dinámicas en las relaciones. No conscientemente, no de forma dramática (bueno, tal vez un poco), pero sí estructuralmente. El patrón estaba ahí. El psicólogo del desarrollo Robert Kegan llama a esto estar sujeto a tu sistema de construcción de sentido, inmerso en él, incapaz de verlo como una perspectiva entre otras.[1][2]

Cuando finalmente lo vi, no llegó como una revelación. Fue más como reconocer una forma alrededor de la cual has estado moviéndote durante años y de repente tenerle un nombre. Lo que hizo que el reconocimiento fuera real, no solo intelectual, fue haberle causado dolor a alguien que amaba precisamente a través de estos mecanismos. La plantilla de la pérdida no era algo que cargara en privado, sino algo que se desplegaba sobre las personas. Ahí fue cuando se volvió imposible teorizar alrededor de ello. Kegan describe este cambio como convertir la plantilla en objeto, algo sobre lo que puedes reflexionar, sostener a distancia, elegir de otra manera.[3]

Hay algo en el lenguaje que vale la pena detenerse a mirar. En inglés, "I am sorry" viene de "sorrow", que significa pena o dolor. En sueco, "jag är ledsen" significa literalmente "estoy triste". Ambos idiomas incrustan el duelo en el acto de disculparse. No me encontré con esto como una curiosidad lingüística, sino que lo viví primero y luego la etimología cobró sentido. La ruptura, en este caso, no fue algo que me hicieron. Fue algo que yo causé. Eso es un tipo de dolor distinto. Más pesado, más clarificador.

Lo que ese dolor me pidió fue quedarme dentro de él. No representarlo para otros. No correr hacia la resolución para aliviar la incomodidad. No salir de él narrándolo o analizándolo. Solo sostenerlo. La mayoría del movimiento emocional es defensivo. Reemplazamos un sentimiento con otro antes de que el primero haya hecho su trabajo. Sostener es la negativa a hacer eso. El marco de Kegan sugiere que este sostén crea espacio para la transformación, no solo aprender nuevas conductas, sino cambiar la forma misma en que construyes sentido.[5]

No he superado el patrón. Todavía lo reconozco cuando se activa. Lo que es distinto es que ahora puedo verlo, nombrarlo, y a veces elegir diferente. A veces no. Entender tus propios patrones no es liberarte de ellos. Es más como aprender el terreno. Igual tienes que caminarlo. La mayoría de los adultos se quedan en lo que Kegan llama la mente socializada (Etapa 3), donde la identidad está moldeada por las relaciones. Avanzar hacia la mente autoría (Etapa 4) es más raro, y es un proceso continuo.[1]

La pregunta ha cambiado con los años. Menos "¿qué me ofrece este lugar?" y más "¿qué me pide este lugar?". Una pequeña diferencia de gramática. Quizás lo más duradero que enseña el dolor.

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